sábado, abril 23, 2005

Lo que no me gusta del gobierno Uribe

Caerán rayos y centellas. Lloverán insultos de algunos y bendiciones de otros. Pero nadie puede decir que el gobierno de Álvaro Uribe Vélez es perfecto. Por el contrario: tiene muchas debilidades que pueden y deben ser corregidas para convertirlas en fortalezas.
Lo primero que me incomoda del gobierno Uribe es la carencia de asesoría en comunicaciones. Contrario a lo que piensan algunas, el Presidente adolece de una verdadera asesoría que le permita ser estratégico en el manejo de los medios y de la prensa. Si a eso le unimos la facilidad de Uribe para soltar la lengua, tenemos un resultado pobre y preocupante en la materia. El más reciente episodio ocurrido en Asia en el que el Presidente le pide a Venezuela que, frente a las Farc, se comprometa a combatirlas o se aísle, ratifica que Uribe sufre de un problema de excesiva locuacidad, muy inconveniente para un mandatario.
De igual forma, confirma que Uribe no tiene asesor en la materia, pues un principio elemental en comunicación de alta política es que los asuntos internacionales tienen un canal único e indiscutible: el diplomático. Debe ser que Uribe no confía en dichos canales, viendo los nombres de algunos embajadores o embajadoras mediocres que él nombró y que encabezan la diplomacia en ciertos países, por ejemplo, de Sudamérica.Otra cosa que no me gusta del gobierno Uribe es el ministro de Defensa disfrazado (no vestido) con prendas de uso privativo del Ejército. Los defensores dirán que eso les da moral a las tropas. Nada más lejano de la realidad: un general, que lleva enfundado en su uniforme más de 30 años, que ha padecido los traslados anuales, que ha vivido trasnochos y madrugadas, que ha enfrentado a los diferentes enemigos del Estado, no puede estar a gusto con una persona que de pronto aparece con uniforme, así no más, por el simple hecho de ser el ministro de Defensa.
Definitivamente me molesta el ministro de Hacienda, porque contradice al Presidente. Mientras Uribe dice que no va a promover una reforma tributaria este año, el Ministro sale a decir todo lo contrario. Y eso es muy grave, porque de ambos depende buena parte de la estabilidad económica del país que se manifiesta con la llegada de inversión a mediano y largo plazo. La política económica debe ser coherente y todos deben decir lo mismo, así en el consejo de ministros se agarren de las mechas.
Esperaba mucho del Comisionado de paz. Pensé que sus habilidades como siquiatra y su convicción de la ternura eran suficientes para encarar el compromiso. Luis Carlos Restrepo se ha dedicado en los últimos días a pelear: con los uribistas pura sangre, con los menos uribistas, con el liberalismo, con el conservatismo... con todos y eso no lo puede hacer un comisionado. Y he aquí la otra cosa que no me gusta de Uribe: el rogarle a Restrepo que se quedara. En administración empresarial, al empleado que está aburrido y renuncia hay que abrirle las puertas para que se vaya. Nunca hay que dejarlo, porque comienza a imponer condiciones sobre el gerente (en este caso el Presidente) quien es el que de verdad manda. Me hubiera gustado un nuevo Comisionado General de paz, que encabezara las políticas en la materia, pero teniendo comisionados especiales para cada grupo al margen de la ley.
No me gusta la ministra de Educación Cecilia María Vélez, porque impuso la obligatoriedad de enseñar religión en los colegios y eso vulnera el derecho de los niños a la libertad de cultos. La medida debió enfocarse por algo más laico: cátedra obligatoria en ética y valores, abarcando, si se quería, aspectos de la Biblia.
Finalmente no me gustan los fanáticos de Uribe, porque atropellan, insultan, calumnian y vociferan cuando alguien osa criticar al Presidente. Soy uribista crítico. Me gustan muchas cosas de su gobierno, pero no lo veo perfecto, ni mesiánico, porque los semidioses terminan destruyéndose así mismos. Creo que ha sido el mejor gobierno de las últimas décadas, pero debo admitir que esa tarea era demasiado fácil. Me explico: si una casa está sin mantenimiento, sin pintura, con la hierba creciendo por las rendijas de los ladrillos, las tejas rotas y las ventanas desmanteladas y llega alguien que decide pintarle solo la fachada, pues el cambio se va a notar de inmediato. El punto de excelencia cuando llegó Uribe a la presidencia era muy, pero muy bajo. Ahora no ocurre lo mismo. Uribe ha puesto un punto muy alto y por eso es necesaria la crítica constructiva y los debates que se puedan dar en el mejor tono y con el respeto que merecen las ideas contrarias.
Si alguno de ustedes se opone a lo expuesto, está en su derecho. Solo pido que las ideas contrarias sean presentadas con altura y con clase para poderlas publicar y elaborar un proceso dialéctico en beneficio del país.

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